

Alex, una joven actriz, es violada en una fiesta en Nochevieja sin reconocer a su agresor. Cuando acude a su hermano Adrián en busca de abrigo y compresión, éste reacciona cuestionándola y presionándola. Así, Alex se distancia de su hermano. A lo largo de un año vive sola el asco, la vergüenza y la culpa. Adrián, consumido por la rabia, toma sus propias decisiones en un camino cada vez más oscuro, muy lejos de lo que Álex necesita. Mientras, ella interpreta al vengativo personaje de Medea y encuentra en el teatro la única forma de canalizar su dolor e ira.
Director
Gemma BlascoGuión
Gemma Blasco, Eva Pauné

Marco-Hugo Landeta Vacas
25 sep 2025
(CASTELLANO) Gemma Blasco no mira hacia otro lado y te mete de cabeza en el derrumbe emocional tras una violación. La furia es áspera, física, por momentos desagradable; precisamente ahí está su honestidad. Elige no mostrar la agresión —fundido a negro y sonido— y pone el foco en las ondas sísmicas que deja: la culpa, el silencio, la incomprensión del entorno, esa mezcla de protección y control que encarna el hermano. Ángela Cervantes está descomunal: sostiene el plano, el pulso y la película entera con una entrega que estremece. Es cuerpo, mirada y respiración; convierte a Alex en una presencia que no se olvida. Blasco filma con una iconografía roja y orgánica (la caza, las vísceras, la mesa, la lámpara), y cruza el trauma con la Medea que Alex ensaya: el teatro como catarsis y espejo. No siempre le sale fino: hay símbolos que se repiten, alguna transición se siente impostada y el montaje fragmentado puede desorientar. También hay tramos donde la furia se confunde con saturación y la tesis se difumina entre golpes sensoriales. Aun así, prefiero su riesgo a cualquier relato “limpio” y aséptico. Y, por favor, que no cuelen lecturas misóginas del tipo “exagera” o “se victimiza”: ese ruido social es parte de lo que la película denuncia. La furia no busca agradar, busca decir la verdad de una herida abierta. Duele verla, sí; y aun así merece verse. (ENGLISH) Gemma Blasco doesn’t look away; she plunges you into the emotional collapse after a rape. The fury is rough, physical, at times unpleasant—and that’s precisely where its honesty lies. It chooses not to show the assault—cut to black and sound—and focuses on the seismic waves it leaves behind: guilt, silence, an uncomprehending circle, and that mix of protection and control embodied by the brother. Ángela Cervantes is colossal: she holds the frame, the pulse, and the entire film with a performance that chills. She’s body, gaze, breath; she turns Alex into a presence you can’t shake. Blasco shoots with a red, organic iconography (the hunt, viscera, the table, the lamp), crossing the trauma with the Medea Alex rehearses: theater as catharsis and mirror. It’s not always seamless: some symbols repeat, a few transitions feel forced, and the fractured editing can disorient. There are stretches where fury blurs into saturation and the thesis gets lost among sensory blows. Even so, I prefer its risk to any “clean,” antiseptic account. And please, spare the misogynist reads like “she exaggerates” or “plays the victim”: that social noise is part of what the film calls out. The fury isn’t here to please; it’s here to tell the truth of an open wound. It hurts to watch, yes—and it’s still worth it.

Eli Iranzo
Madre
2015
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