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Durante un enfrentamiento violento pactado entre los aficionados radicales de dos clubes de fútbol, Salvador Aguirre, conductor de ambulancias, rescata herida a su hija Milena, miembro del grupo ultra, que defiende valores racistas, violentos y homófobos, totalmente opuestos a los que él le inculcó.
Creada por
Cadena
Netflix

Marco-Hugo Landeta Vacas
2 mar 2026
(CASTELLANO) Hay series que se ven y se olvidan, y luego están las que te obligan a mirar de frente lo que tienes al lado del portal. Salvador entra en la segunda categoría. Lo hace desde un Madrid reconocible, donde los grupos neonazis no son villanos de tebeo, sino la consecuencia fea de una mezcla de precariedad, odio dirigido desde arriba y mucha, muchísima impunidad. A ratos duele más por lo que te recuerda que por lo que enseña. La serie funciona mejor cuando se olvida del sermón y se centra en la anatomía de la radicalización: jóvenes sin horizonte, familias rotas, líderes que venden pertenencia a cambio de obediencia ciega. Lo cierto es que ahí Salvador es bastante lúcida: no blanquea a los nazis, pero tampoco los convierte en monstruos de otro planeta. Son humanos, y justo por eso dan más miedo. El guion entiende muy bien cómo el odio se vende como solución rápida a una vida que va mal por otros motivos. Luis Tosar construye un protagonista roto pero creíble, arrastrando culpa y rabia a partes iguales, y Claudia Salas se come la pantalla cada vez que aparece, encarnando esa generación secuestrada por discursos que les prometen fuerza cuando solo les dan cadenas nuevas. El resto del reparto está algo más irregular, pero en conjunto sostiene bien una trama que va creciendo episodio a episodio, sobre todo cuando entran en juego jueces, empresarios y políticos y se ve quién mueve realmente los hilos. A nivel de puesta en escena, Daniel Calparsoro tira de su ADN: mucha cámara en mano, persecuciones, sirenas y tensión física. A veces se pasa de subrayado y alguna situación roza lo inverosímil, pero el estilo encaja con la idea de una ciudad al borde del estallido. No es una serie sutil, y en según qué momentos se nota demasiado el golpe de efecto, pero la tensión está ahí y funciona. Donde la serie es más incómoda —y más necesaria— es en el retrato del ecosistema que alimenta a estos grupos: medios que amplifican bulos, élites que financian el caos mientras se presentan como orden, instituciones que miran hacia otro lado hasta que es tarde. Ahí es donde muchos de los “unos” de esta web dejan de ser crítica y pasan a ser defensa propia: no cuestionan el guion, cuestionan que se les señale. Salvador no es perfecta, pero sí es honesta en lo que quiere denunciar. No equilibra siempre bien acción y reflexión, y algún diálogo entra a martillazos, pero como radiografía del odio organizado en la España de 2026 es bastante más seria de lo que sus detractores quieren admitir. Una de esas ficciones que molestan precisamente porque aciertan demasiado cerca de casa. (ENGLISH) There are shows you watch and forget, and then there are the ones that force you to look straight at what’s happening on your own doorstep. Salvador belongs to the second group. It unfolds in a recognizable Madrid, where neo-Nazi gangs are not comic-book villains but the ugly outcome of a mix of precarity, top-down hate and a lot of impunity. At times it hurts more for what it reminds you of than for what it actually shows. The series works best when it forgets about preaching and focuses on the anatomy of radicalisation: young people with no prospects, broken families, leaders selling belonging in exchange for blind obedience. The truth is that Salvador is quite sharp there: it doesn’t whitewash the Nazis, but it doesn’t turn them into monsters from another planet either. They’re human, and that’s exactly why they’re more frightening. The writing understands how hate is sold as a quick fix for lives that are going wrong for very different reasons. Luis Tosar builds a shattered but believable lead, dragging guilt and anger in equal measure, and Claudia Salas steals every scene she’s in, embodying a generation hijacked by narratives that promise strength while only providing new chains. The rest of the cast is more uneven, but overall they hold together a plot that grows with each episode, especially when judges, businessmen and politicians enter the picture and you see who is really pulling the strings. On a visual level, Daniel Calparsoro leans into his trademarks: handheld camera, chases, sirens and physical tension. Sometimes he overdoes it and a few situations stretch plausibility, but the style fits the idea of a city on the verge of exploding. It’s not a subtle show, and some moments feel a bit too engineered for impact, but the tension is there and it works. Where the series is most uncomfortable —and most necessary— is in its portrait of the ecosystem that feeds these groups: media amplifying lies, elites funding chaos while presenting themselves as “order”, institutions looking away until it’s too late. That’s where many of those one-star reviews stop being criticism and become self-defence: they don’t question the script, they question being called out. Salvador is not perfect, but it’s honest about what it wants to expose. It doesn’t always balance action and reflection well, and some dialogue comes in with a sledgehammer, but as an X-ray of organised hatred in today’s Spain it’s far more serious than its detractors are willing to admit. One of those shows that upset people precisely because they hit too close to home.

8 episodios · 2026
2020
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