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Renta


Sophie reflexiona sobre la alegría compartida y la melancolía privada de unas vacaciones que hizo con su padre 20 años atrás. Los recuerdos reales e imaginarios llenan los espacios entre las imágenes mientras intenta reconciliar al padre que conoció con el hombre que no conoció.
Director
Charlotte WellsGuión
Charlotte Wells

Marco-Hugo Landeta Vacas
17 oct 2025
(CASTELLANO) Hay películas que no se ven, se sienten. Aftersun es una de ellas. A través de un verano aparentemente tranquilo, Charlotte Wells logra capturar la distancia invisible entre un padre y una hija, esa mezcla de amor, incomprensión y melancolía que solo el tiempo revela. Es una historia mínima en apariencia, pero tan cargada de emoción que duele. Paul Mescal está sencillamente inmenso. No necesita grandes gestos para transmitir la fragilidad de un hombre que intenta ser feliz, aunque por dentro se esté desmoronando. En su mirada hay cansancio, ternura y un peso que el espectador percibe sin que nadie lo diga. Frankie Corio, por su parte, brilla con una naturalidad que desarma: sus risas, sus silencios y su forma de observar al padre son pura verdad. La película se construye a base de recuerdos, como si Sophie adulta intentara recomponer aquel verano con la distancia del tiempo. Lo que vemos son fragmentos, destellos de una memoria que se niega a desaparecer. Y entre esas piezas sueltas, surge algo mucho más grande: el amor. Un amor real, imperfecto, que se siente en ese abrazo bajo “Under Pressure”, en la mirada del aeropuerto, en todo lo que no se dice. Wells demuestra una sensibilidad poco común. Su dirección es contenida, íntima, y cada decisión —la textura de las imágenes, la música, los silencios— parece elegida con el corazón. No hay artificio, solo la verdad de dos personas que se aman y no saben cómo salvarse mutuamente. Es una película que no grita, pero te deja roto por dentro. Aftersun no da respuestas, ni falta que hace. Su fuerza está en lo que evoca, en cómo nos obliga a pensar en nuestros propios recuerdos, en los momentos que tal vez no supimos valorar. Es cine que se queda contigo mucho después de que se apagan las luces. Melancólica, hermosa y devastadora, una de esas películas que no solo se recuerdan, sino que se sienten como un eco en el pecho. (ENGLISH) Some films aren’t just watched — they’re felt. Aftersun is one of them. Through the calm surface of a summer holiday, Charlotte Wells captures the invisible distance between a father and a daughter — that mix of love, confusion, and melancholy that only time can reveal. It’s a small story on the outside, but so emotionally charged it hurts. Paul Mescal is simply extraordinary. He doesn’t need big gestures to show the fragility of a man trying to be happy while quietly falling apart. In his eyes you can see exhaustion, warmth, and a deep sadness that no one puts into words. Frankie Corio, meanwhile, shines with disarming naturalness — her laughter, her silences, and the way she looks at her father feel achingly real. The film unfolds like a collection of memories, as if adult Sophie were piecing together that summer from fragments of time. What we see are flashes, glimpses of a past that refuses to fade. And within those moments lies something much bigger: love. Real, imperfect love — felt in that “Under Pressure” dance, in the airport farewell, in everything left unsaid. Wells directs with rare sensitivity. Her storytelling is intimate, delicate, and every choice —the texture of the images, the music, the silence— feels deeply personal. There’s no artifice, only truth: two people who love each other and can’t quite save one another. It’s a film that doesn’t shout, but it breaks you quietly from the inside. Aftersun offers no clear answers, and it doesn’t need to. Its power lies in what it evokes — the way it makes you think about your own memories, the moments you didn’t know were slipping away. It’s haunting, tender, and unforgettable — the kind of film that stays with you long after the lights go out.

Celia Rowlson-Hall
Adult Sophie
2008